No Name Kitchen, la importancia de una sonrisa

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Sid, un pequeño pueblo de Serbia con unos 15000 habitantes, se ha convertido en las últimas semanas en el punto neurálgico de pequeñas organizaciones y voluntariado independiente que busca seguir dignificando la vida de las personas en busca de refugio que se encuentran bloqueadas en la frontera serbo-croata. Personas que viven en los bosques de la zona o en las ruinas de una fábrica abandonada que, estos días, intentan acondicionar para tener un techo decente y un lugar “estable” donde vivir.

Hasta allí llegó hace poco más de 3 semanas la No Name Kitchen, tras su nacimiento y estancia en Las Barracas de Belgrado hasta su desalojo y demolición. Se presenta como “un grupo de personas independientes organizadas de manera asamblearia y horizontal, en torno al proyecto de cubrir una de las necesidades más básicas y universales de toda persona: la alimentación.”

Entrevista a Bruno de la No Name Kitchen

 

Actualmente está repartiendo diariamente más de 300 raciones en un punto de distribución cercano al squat que se ha improvisado estos días. El Ramadán marca estos días el horario de trabajo de No Name Kitchen. Las mañanas se ocupan en la limpieza de utensilios, la compra en el mercado a las productoras de la zona, el corte de vegetales y el acondicionamiento del patio de la casa donde tiene su especial “centro de operaciones”. Por la tarde se prepara la comida y se carga para realizar la distribución a las ocho de la tarde.

Pero no finaliza ahí su labor. Después de la cena es el momento de compartir conversaciones con las personas que están en la zona, jugar un partido de fútbol o de cricket, ver los avances en el squat y posibles necesidades que cada día van surgiendo, hasta que la noche se cierra y la falta de luz dificulta las actividades. Cuando finalice el Ramadán la hora de la comida se adelantará y permitirá tener más tiempo para estas actividades y otras que seguramente surgirán.

Además de No Name Kitchen en la zona hay otras pequeñas organizaciones que colaboran estrechamente y que se complementan unas a otras. Rigardu, una organización alemana que se encarga de montar duchas portátiles, llevar agua a la zona de distribución así como poner regletas de enchufes para cargar los móviles. SolidariTea, unas chicas británicas que llevan té y una bolsa con productos para el desayuno, SouldWelders, HelPNa,…personas que distribuyen ropa, calzado, sacos de dormir a las personas más vulnerables y necesitadas. En resumen, un montón de gente que se complementa para colaborar con personas que están fuera de los campos, que intentan muchas veces el “game”, ese juego de intentar cruzar Croacia sin ser apaleados por la policía y devueltos a Serbia, como contamos en el anterior post y que sufren la discriminación y el racismo de una parte de la sociedad serbia.

Aún siendo tan importante todas estas labores para cubrir necesidades básicas tenemos que darle un especial acento a lo importante que también es el acompañamiento, el estar cerca, los abrazos y las sonrisas, en definitiva, el cariño solidario de quienes no quieren permanecer impasibles ante la violación de Derechos Humanos que se está produciendo diariamente en Europa.

* Este post ha sido escrito desde la No Name Kitchen mientras Komando cocina, Herman trae el pan, Rosi y Lili preparan el té, Bruno se acaba de ir, Sam friega cacharros, Taylor prepara café, Luis traslada escombros,… Dedicado a ellas y ellos y a Alessandra, Julia, Anais, Kilian, Henry, Marc, Víctor, Hanna, Guille, Joana, Martin,…y, por supuesto, a Mohamad, Aman, Habib, Bilal, Ahmad, y tantos otros como ellos con la esperanza de que alcancen pronto su sueño.

Violencia contra personas en busca de refugio

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Los datos oficiales hablan de unas 8000 personas en busca de refugio en Serbia aunque otras fuentes hablan de unas 11000 personas. Tras el desalojo de Las Barracas, en Belgrado, la mayoría se encuentran en los campos gestionados por el Commissariat for Refugees – KIRS, organismo del gobierno serbio. En el entorno de Sid, un pueblo cercano a la frontera con Croacia, viven en los bosques y en una fábrica abandonada unas 200 personas, en su mayoría afganos y pakistaníes pero también argelinos, marroquíes y de otras nacionalidades. Además hay menores que viajan solos.

El “Game” es el nombre con el que han bautizado el intento de cruzar la frontera con Croacia y poder cruzar este país sin ser localizados por la policía y todos los días hay grupos que lo intentan. De hecho los campos de refugiados serbios permiten estar durante 3 días (a veces hasta 6) fuera del campo, en lo que parece un intento de promover la salida del país de forma no oficial. Como ya viene siendo habitual en los campos de refugiados en Europa las condiciones son lamentables en cuanto a alimentación, higiene, atención sanitaria, psicológica,…y el apoyo de organizaciones  y voluntariado independiente ayuda a dignificar en alguna medida esta situación.

Pero lo más grave esta resultando la violencia con la que la policía croata está empleando antes de devolver a Serbia a las personas que localiza en su país. Desde hace unos meses se vienen denunciando esta violación de los Derechos Humanos y, aunque el gobierno croata negó los hechos y prometió una investigación, la situación de violencia sigue siendo habitual.

Palizas mediante puñetazos, golpes con porras o las culatas de pistolas, patadas, uso de pistolas Taser, destrucción de móviles, robo de dinero, humillaciones, devoluciones sin identificar a la persona ni poder ejercer su derecho a asilo. Desde la asociación Rigardu, junto a otras personas, se está documentando esta situación y acaban de publicar el artículo “Un ser humano no es una pelota de fútbol. Los Derechos Humanos pisoteados” (en alemán e inglés)

Precisamente con Henry, una de esas personas que ha estado en los últimos 5 meses en la zona y ha podido documentar casos de la violencia policial de Croacia, pudimos charlar en la siguiente entrevista

Las imágenes de las consecuencias de las palizas recibidas por las personas en busca de refugio vuelven a poner de manifiesto que las políticas fronterizas europeas no respetan  Derechos Humanos como el Derecho de Asilo y el Derecho a la Libre Circulación, en este caso en Croacia, otro país de la Unión Europea más preocupado de hacer de gendarme mientras Serbia se va convirtiendo en otro Estado Tapón para quienes huyen de guerras, violencia y pobreza.

Esta situación en la frontera serbo-croata se viene a sumar a la que se vive en la frontera con Hungría desde hace tiempo. Charlamos con Kiki de la organización Fresh Response que trabaja en Subotica.

Afortunadamente, como sucede en Grecia, pequeñas organizaciones y voluntariado independiente están colaborando con las personas en busca de refugio para intentar dignificar la vida de quienes intentan encontrar un futuro mejor. Esa será nuestra siguiente historia.

Niños de la calle, visibilizar lo invisible

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Persiguiendo un sueño

El número puede oscilar entre 30 y 80, a veces alcanzan los 100, actualmente pueden ser unos 50 dependiendo de los que hayan logrado hacer “riski” esta noche. Son los niños de la calle de Melilla. 

Tras la frialdad de los números se esconden sus historias. Su origen mayoritariamente es Marruecos y la pobreza y falta de recursos en sus familias son las que originan que inicien este viaje con el objetivo de llegar a la península, ser acogidos en algún centro y poder empezar a “buscar la vida”.

Sus edades van desde los 8 a los 17 años y vivir en la calle es fuente de enfermedades, infecciones, heridas, falta de comida y de higiene,…

Un grupo de personas llevan unos meses llevándoles algo de cenar y haciendo pequeñas curas. También acompañándoles a Urgencias del Hospital si lo necesitan o informándoles de temas legales. Son una minoría solidaria frente a una mayoría social que muestra su rechazo a los niños de la calle basado en prejuicios o simplemente porque “molesta y da mala imagen a la ciudad”

Pero lo más grave es que la actuación de la Administración es de falta de respeto a los derechos de los niños. Desde la Consejería de Bienestar Social su mayor preocupación es poder repatriar a los niños (de la calle y quienes están en centros) a Marruecos. En estos días hemos sabido de una redada en el puerto donde 20 menores fueron trasladados al Centro de La Purísima donde les dijeron que no tenían sitio para ellos. Tampoco se cumple la obligatoriedad de conseguir la documentación a los niños y cuando cumplen los 18 años acaban en la calle como adultos en situación irregular.

Y luego está la violencia. Muchos se quejan de golpes y palizas por parte de las Fuerzas de Seguridad que les pillan en el puerto cuando intentan subirse a algún barco o a alguno de los camiones que viajan en ferry hacia la península. Alguno hasta acepta que le den algún bofetón pero no entiende que le den patadas o porrazos.

Quienes mejor conocen esta situación son quienes están a pie de calle, acompañando a los niños de la calle y denunciando las injusticias que viven.

Un referente desde hace casi 20 años es Jose Palazón, de la Asociación Prodein con quien charlamos desde su peculiar oficina

En los últimos tiempos también la Asociación Harraga se ha sumado a las denuncias de la situación de los menores en Melilla. Su informe “De niños en peligro a niños peligrosos”, publicado en 2016, dejaba en evidencia el sistema de protección de menores pero varios meses después no ha habido cambios en la situación.

Charlamos con Sara y María de Harraga y con Ana, abogada del SJM, que también nos acerca a la situación de las personas migrantes adultas.

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Todas las personas coinciden en que la solución pasa por algo tan sencillo como cumplir la ley: la ley que protege los derechos de los menores, los derechos de las personas migrantes, los derechos humanos,…

No podemos dejar que sigan siendo invisibles ni que Melilla sea un no-lugar de no-derecho por las fronteras y los intereses económicos.

La espalda de Melilla

Melilla es una ciudad de contrastes desde que das los primeros pasos por sus calles. Tan pronto te cruzas con personas vestidas de militares como con personas con chilaba, rasgos europeos se entremezclan con rasgos marroquíes,  a poca distancia Melilla la Vieja de la Melilla comercial.

Sin embargo, el mayor contraste es conocer lo que ocurre a las espaldas de la ciudad. Lo que podría ser la vida normal en cualquier ciudad mediterránea de tamaño medio cambia totalmente cuando divisas la valla, o más bien las vallas.

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Vista de la valla de Melilla con el Monte Gurugú al fondo

Pero no solo la valla se sitúa en la parte trasera de Melilla. También está el CETI (Centro de Estancia Temporal  de Inmigrantes), el Centro de Menores La Purísima, el Centro de Menores Infractores Baluarte y los pasos fronterizos de Farhana y Beni Ensar.

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Centro de Menores La Purísima situado en un antiguo fuerte militar

Y ahí es donde convive esa parte de la ciudad que parece invisible, donde los derechos humanos desaparecen, donde la hostilidad aparece por cualquier parte, donde dar voces parece la forma habitual de comunicación.

En el paso fronterizo de Farhana las voces de la policía local a los conductores que hacen colas toda la mañana y las voces de los “controladores” de la caravana de contrabando. En la puerta del CETI las voces de un vigilante a un migrante al que saca del Centro a empujones, acusándolo de haber bebido y amenazándolo con darle una hostia.

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Cruce de acceso a Farhana con el CETI a la izquierda

Pero también hay voces más agradables. En la puerta del CETI puedes hablar con alguna de las personas que viven en él, en torno a un millar, variable en función de las salidas hacia la península  de los miércoles.

Allí conocemos la historia de Moustapha (nombre ficticio) quien salió de su casa en Burkina Faso en febrero de 2016. Un viaje por Níger, Argelia y Marruecos hasta conseguir entrar en Melilla, en el último salto, hace un par de semanas.

Ya lo había intentado otras veces y cuenta como la Guardia Civil le llevó esposado a la puerta de la valla (devolución en caliente) donde la policía marroquí le pegó patadas y porrazos. Nos enseña la cicatriz de su cabeza y algunos de los cortes en sus manos al subir a la valla. Su sueño, a sus 20 años, llegar a Barcelona y buscar trabajo allí.

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Cicatriz
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Refugiado sirio-palestino

 

 

 

 

 

 

 

Los miércoles son días de alegría en el CETI ya que se produce el viaje a la península de algunas personas. Quienes se lo pueden permitir van hasta el puerto en taxi. Quienes no, bajan andando (casi corriendo) con cánticos y gritos donde “Salida” es la palabra reconocida.

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Video en facebook

 

Pero también hay quien se resiste a vivir en la espalda de Melilla y se hacen visibles en parques y en la zona del puerto. Son los niños y jóvenes que viven en la calle…pero esa será otra historia.